Capitulo 7:
Después del almost-beso más interrumpido de la historia (gracias, mamá, gracias, Valeria, gracias destino dramático), Tomás y yo entramos en una especie de… zona extraña.
No éramos solo amigos.
No éramos novios.
Éramos algo así como “personas que casi se besan y ahora no saben dónde poner las manos”.
—Estás rara —dijo Tomás el lunes en el patio.
—Tú estás raro.
—Yo siempre he sido raro.
—Buen punto.
Valeria, que huele el drama como un sabueso emocional, me jaló del brazo.
—Plan de ataque.
—No soy un ejército.
—Pero sí estás en guerra contigo misma.
Y así nació la brillante, innecesaria y peligrosamente divertida idea:
Operación: Hacer que Tomás me bese sin que parezca que quiero que me bese.
Sí. Es tan absurdo como suena.
Paso uno: verme casualmente espectacular.
Paso dos: no parecer desesperada.
Paso tres: crear momentos “accidentales”.
Ese mismo día, fingí tropezar cerca de él.
Spoiler: no fue convincente.
—Sofi, estás caminando en línea recta. ¿Cómo te tropiezas sola? —preguntó, sosteniéndome antes de que me estrellara contra una papelera.
—Gravedad selectiva —respondí.
Más tarde, en la biblioteca, me senté demasiado cerca. DEMASIADO.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
—No.
—Estás respirando raro.
—ESO ES NORMAL.
En serio, ¿quién me dio permiso para intentar seducir?
Pero lo mejor fue cuando intenté recrear la escena romántica perfecta:
Atardecer. Escaleras del colegio. Silencio.
—Tomás —dije, mirándolo intensamente.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has pensado que el destino…?
Y justo ahí, un balón de fútbol me pegó en la espalda.
Caí hacia adelante. Él me atrapó. Otra vez.
—Definitivamente la gravedad te odia —rió.
Yo también me reí. Porque ya qué más.
Pero entre risas y torpezas, algo era evidente:
Cada vez estábamos más cerca.
Y esta vez… ninguno parecía querer retroceder.
Capítulo 8:
Creí que lo peor que podía pasar era que el beso nunca llegara.
Error.
Lo peor fue ver a Camila abrazando a Tomás después de ensayo.
No era un abrazo sospechoso. Era normal.
Pero en mi mente fue una película dramática con música triste incluida.
Capítulo 7: La misión secreta (que no era tan secreta)
—Respira —me dijo Valeria mientras yo los observaba como espía emocional.
—Estoy respirando.
—Estás apretando el jugo como si fuera el cuello de alguien.
Solté el jugo.
Tomás me vio y caminó hacia mí.
—Hey, Sofi.
—Hey.
Silencio incómodo versión extendida.
—Camila me invitó a salir el viernes —dijo de repente.
Ah.
Bien.
Perfecto.
Fantástico.
Maravilloso.
Excelente.
Internamente estoy cayendo por un precipicio, pero todo bien.
—¿Y… vas a ir? —pregunté con voz sospechosamente estable.
Él me miró. Dudó otra vez.
—No sé.
—Tomás, no puedes vivir en “no sé”.
Lo dije más fuerte de lo que esperaba.
Se sorprendió.
Yo también.
—Si te gusta, sal con ella. Pero no me tengas como plan B emocional. Yo no soy banca de suplentes.
BOOM.
¿QUIÉN ES ESTA MUJER Y POR QUÉ HABLA CON TANTA SEGURIDAD?
Tomás se quedó callado unos segundos.
—Nunca has sido mi plan B.
—Entonces deja de actuar como si yo fuera el lugar al que vuelves cuando lo demás falla.
Valeria, desde lejos, casi aplaudía.
Tomás se pasó la mano por el cabello (código universal de “estoy confundido pero impresionado”).
—Sofi… no quiero perderte.
—No me vas a perder. Pero tampoco voy a seguir esperando eternamente.
Lo dije.
Sin llorar.
Sin huir.
Sin esconderme.
Y aunque por dentro estaba temblando como gelatina en terremoto…
Me sentí enorme.
Esa noche no lloré escuchando canciones tristes.
Me miré al espejo y dije:
“Si alguien va a elegirme, será porque quiere, no porque tiene miedo de quedarse solo.”
Y sí, después bailé sola en mi cuarto con una escoba como micrófono.
Porque el drama también necesita banda sonora.
Capítulo 9: El beso que casi incendia el colegio (metafóricamente)
Viernes.
Tomás no fue a la cita con Camila.
Me enteré porque apareció en mi puerta a las siete de la noche.
—¿No tenías planes? —pregunté, intentando no sonar demasiado interesada.
—Sí. Cancelé.
Mi corazón hizo un triple mortal.
—¿Por qué?
—Porque me di cuenta de algo.
Se veía nervioso. MÁS nervioso que yo cuando intenté tropezar “casualmente”.
—Sofi, siempre estoy buscando algo emocionante, algo que me haga sentir mariposas… y resulta que cada vez que casi te beso siento un zoológico completo.
Me reí.
—Eso suena poco romántico.
—Es honesto.
Silencio.
De ese tipo que no incomoda… sino que acerca.
—Cuando te vi hoy defendiendo tu dignidad como si fueras protagonista de película —continuó— entendí que no quiero a alguien perfecta. Quiero a alguien real. Y tú eres la persona más real que conozco.
Respiré hondo.
—Tomás, si me vas a besar, hazlo antes de que me desmaye.
—¿Eso es permiso?
—Es advertencia.
Y entonces…
Se acercó.
Sin interrupciones.
Sin balones voladores.
Sin madres ofreciendo jugo.
Sus manos en mi cintura.
Las mías en su sudadera gris (sí, ESA).
El beso fue suave al principio… como si ambos estuviéramos probando algo frágil.
Luego fue más seguro.
Más decidido.
Más “por fin”.
Y cuando nos separamos, los dos estábamos riendo como si hubiéramos cometido un delito adorable.
—Definitivamente la gravedad estaba conspirando para esto —dijo.
—Sí, pero esta vez no me caí.
—No. Esta vez te quedaste.
Y ahí entendí algo importante:
No era invisible.
Nunca lo fui.
Solo necesitaba dejar de esconder mi luz detrás del miedo.
Y sí, puede que mi historia de amor haya sido torpe, exagerada y llena de interrupciones ridículas…
Pero si el amor es un desastre hermoso…
Entonces yo soy oficialmente experta.
-----------------------------------------------------------------Version de Tomás:
Capítulo 7: La misión secreta (que yo descubrí desde el minuto uno)
Después del almost-beso más interrumpido de la historia, entramos en una zona extraña.
No éramos solo amigos.
No éramos novios.
Pero hay algo que Sofía no sabe:
Yo me di cuenta de su "operación" desde el primer intento fallido.
El tropiezo en línea recta.
La respiración sospechosamente acelerada en la biblioteca.
La intensidad dramática en las escaleras justo antes de que el balón casi la noquee.
Sofía nunca ha sido buena actuando.
Pero es increíblemente adorable intentándolo.
Cuando fingió tropezar y la sostuve antes de que chocara con la papelera, no fue la gravedad lo que me hizo reír.
Fue el hecho de que sus manos se quedaron en mi pecho dos segundos más de lo necesario.
Y no las quité.
Porque yo tampoco quería retroceder.
En la biblioteca, cuando se sentó tan cerca que podía sentir el calor de su brazo rozando el mío, mi cerebro dejó de procesar el libro.
-¿Te pasa algo? -pregunté.
Me respondió que no, pero estaba respirando como si hubiera corrido una maratón emocional.
Yo también.
En las escaleras, cuando empezó con ese discurso del destino...
Por un segundo pensé que lo diría.
Que cruzaría la línea por los dos.
Y justo cuando iba a hacerlo yo...
Balonazo.
La sostuve otra vez.
Y mientras se reía fingiendo normalidad, entendí algo crucial:
Sofía estaba intentando ser valiente.
Y eso me daba más miedo que cualquier rechazo.
Porque si ella estaba lista...
Yo ya no tenía excusas.
Capítulo 8:
Vi sus ojos cuando Camila me abrazó.
No fue un abrazo sospechoso.
No fue romántico.
Fue completamente normal.
Pero el dolor en los ojos de Sofía no fue normal.
Y lo peor es que cuando me acerqué a ella, no huyó.
No bajó la mirada.
No fingió indiferencia.
Me enfrentó.
Cuando le dije que Camila me había invitado a salir el viernes, estaba probándome.
No a ella.
A mí.
Y cuando respondió:
-No me tengas como plan B emocional.
Sentí algo que jamás había sentido con ninguna otra chica:
Respeto mezclado con miedo a perderla de verdad.
Porque Sofía siempre había sido mi lugar seguro.
Mi punto de regreso.
Mi constante.
Y ese día entendí que podía dejar de serlo.
Que si yo no daba un paso, alguien más podría hacerlo.
Cuando dijo que no era banca de suplentes, algo dentro de mí se sacudió.
Nunca fue mi plan B.
Era mi plan A.
Mi único plan.
Pero la había tratado como si estuviera garantizada.
Y nadie debería sentirse así.
Esa noche no pensé en Camila.
Pensé en Sofía bailando sola en su cuarto, probablemente fingiendo que no le dolía.
Y entendí algo brutal:
No estaba protegiendo nuestra amistad.
La estaba lastimando por miedo.
Y si la perdía, no sería por confesar mi amor.
Sería por no tener el valor de hacerlo.
Capítulo 9:
Viernes.
Cancelé la cita.
No porque Camila hiciera algo mal.
Sino porque en el momento en que confirmé la salida, imaginé a Sofía fingiendo que no le importaba.
Y no soporté la idea.
Así que fui a su casa.
A las siete en punto.
Sin plan B.
Sin discurso ensayado.
Sin teatro.
Cuando abrió la puerta, su expresión fue una mezcla entre sorpresa y esperanza contenida.
-¿No tenías planes? -preguntó.
-Cancelé.
Vi el microsegundo en el que su corazón se iluminó.
Y supe que esta vez no podía fallar.
Le dije la verdad.
Que siempre busco mariposas.
Que siempre busco emoción.
Y que cada vez que casi la beso, no siento mariposas...
Siento un zoológico completo.
Se rió.
Y esa risa me dio el impulso final.
Cuando dijo:
-Si me vas a besar, hazlo antes de que me desmaye.
No escuché miedo.
Escuché permiso.
Me acerqué lento.
No por duda.
Por respeto.
Porque después de años conteniendo esto, quería que el momento fuera consciente.
Mis manos en su cintura.
Las suyas aferradas a mi sudadera gris.
Y cuando nuestros labios se tocaron...
No fue explosivo.
No fue cinematográfico.
No hubo fuegos artificiales.
Fue correcto.
Como si mi corazón hubiera estado ensayando ese movimiento desde los diez años.
El beso se volvió más seguro.
Más decidido.
Más "por fin".
Cuando nos separamos, estábamos riendo.
Pero no de nervios.
De alivio.
-Definitivamente la gravedad conspiraba para esto -dije.
Y era cierto.
Porque cada caída, cada interrupción, cada almost...
Nos estaba empujando aquí.
Y cuando la miré después del beso, ya no vi a mi mejor amiga.
Vi a la chica que elegí el 12 de diciembre.
La que prometí amar en una boda falsa.
La que me enseñó que el miedo no desaparece, se enfrenta.
Sofía no era invisible.
Yo era el ciego.
Y esta vez no pienso cerrar los ojos.
Porque si el amor es un desastre hermoso...
Entonces quiero perderme con ella.
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