Capítulo 50: Bajo el cielo naranja
La boda no fue extravagante.
Fue íntima.
Al atardecer.
Con un cielo teñido de ese naranja que siempre les recordó lo vivido.
Había flores suaves, música delicada y una mesa especial donde el menú incluía, por supuesto, el famoso risotto de durazno caramelo.
En los asientos delanteros, una fotografía de Valeria.
En sus corazones, las versiones jóvenes de ellos mismos.
Cuando Sofía caminó hacia el altar, Tomás la miró como la primera vez en la biblioteca… pero con años de historia en los ojos.
En sus votos, Sofía dijo:
—Prometo no huir cuando el miedo aparezca. Prometo elegirte incluso en los días grises. Prometo que si el mundo intenta rompernos, lo enfrentaremos como equipo. Porque aprendí que el amor no es ausencia de dolor… es la decisión constante de permanecer.
Tomás respondió:
—Prometo cocinarte cada recuerdo y transformar cada dificultad en algo que podamos compartir. Prometo que si alguna vez olvidamos quiénes somos, volveremos al sabor que nos unió desde el principio.
Se colocaron los anillos con manos firmes.
Cuando se besaron, no fue un beso de película.
Fue un beso de historia completa.
El viento movió suavemente el vestido de Sofía. El cielo ardía en tonos durazno. Las luces comenzaron a encenderse mientras los invitados aplaudían.
Más tarde, ya solos, Sofía apoyó su frente contra la de él.
—¿Te das cuenta? —susurró—. Sobrevivimos.
Tomás sonrió.
—Y elegimos quedarnos.
Ella cerró los ojos un instante y respiró profundo.
Habían sido adolescentes enamorados.
Habían sido víctimas del dolor.
Habían sido ausencia.
Habían sido reencuentro.
Y ahora eran promesa.
El amor no los hizo invencibles.
Los hizo valientes.
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