Capítulos 46, 47 y 48
Capítulo 46:
Tomás no la llevó a un restaurante elegante esa noche.
La llevó a su cocina.
—Hoy no soy chef internacional —dijo mientras se quitaba la chaqueta blanca—. Hoy solo soy el chico que se enamoró de ti desde los 10 años.
Sofía observó el espacio: utensilios brillantes, ingredientes frescos, una ventana abierta por donde entraba el aire frío de París.
—¿Qué vas a cocinar? —preguntó con una sonrisa suave.
Tomás sacó un pequeño recipiente con duraznos frescos.
—Nuestra historia siempre tuvo ese sabor.
Preparó el caldo lentamente, con paciencia casi ceremonial. Sofía lo miraba moverse con precisión, pero también con ternura. No era solo técnica. Era memoria.
El arroz comenzó a absorber el líquido, cremoso, constante. Tomás añadió trozos de durazno caramelizados en mantequilla y azúcar morena, dejando que el aroma dulce se mezclara con el vapor.
—Risotto de durazno caramelo —anunció finalmente—. Porque lo nuestro nunca fue simple… fue dulce, intenso, inesperado… y siempre dejó ganas de más.
Sirvió el plato con delicadeza.
Sofía probó el primer bocado.
Sus ojos se cerraron.
—Sabe a nostalgia…
Tomás la miró con esa profundidad que nunca había desaparecido.
—Sabe a nosotros sobreviviendo.
Y en medio de la cocina iluminada suavemente, entendieron que el amor también puede reconstruirse alrededor de una mesa.
Capítulo 47:
Después de cenar, caminaron hasta el balcón.
La ciudad brillaba abajo como un océano de luces.
Sofía apoyó los brazos en la baranda.
—Durante años pensé que nuestro capítulo estaba cerrado —confesó—. Y tuve que aprender a vivir con eso.
Tomás se colocó detrás de ella, rodeándola con suavidad.
—Yo también viví con esa ausencia. Pero nunca dejé de sentir que éramos una historia inconclusa.
Ella giró para mirarlo.
—¿Y ahora?
Él sostuvo su rostro con delicadeza.
—Ahora no quiero huir. No quiero protegerte desde lejos. Quiero estar contigo, incluso si eso significa enfrentar el miedo juntos.
Sofía respiró profundo.
Tomás asintió.
—Entonces prometamos algo diferente esta vez.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Prometamos que no volveremos a decidir el uno por el otro sin hablarlo. Que si el mundo se vuelve oscuro, lo enfrentaremos como equipo.
Él sonrió.
—Trato hecho, durazno.
Capítulo 48:
Dos días después, Tomás la invitó oficialmente a una cita.
No una improvisada.
No una interrumpida por tragedias.
No una robada entre el caos.
Una cita real.
La llevó a un pequeño jardín escondido en Montmartre. Había luces cálidas colgando entre los árboles y una mesa preparada con flores suaves y velas.
Sofía lo miró con emoción contenida.
—Nunca tuvimos algo así, ¿verdad?
—Siempre corríamos —respondió él—. Esta vez quiero que el tiempo camine con nosotros.
Se sentaron. Conversaron sin urgencias. Rieron sin miedo.
En un momento de silencio íntimo, Tomás tomó su mano y dijo:
—“Amarte no fue el plan perfecto, fue el accidente más hermoso de mi vida… y aunque el mundo intentó separarnos, siempre supimos regresar al mismo lugar: uno al otro.”
Sofía sintió que sus ojos se llenaban de brillo.
El beso que compartieron fue lento.
No desesperado.
No adolescente.
Fue un beso de adultos que han conocido el dolor… y aun así eligen quedarse.
Mientras la noche caía suavemente sobre París, Sofía entendió algo que le dio paz:
El amor no siempre llega intacto.
A veces regresa reconstruido.
Con más profundidad.
Con más verdad.
Y esa noche, bajo luces doradas y el recuerdo dulce del risotto de durazno caramelo, su historia volvió a escribirse.
No desde la tragedia.
Sino desde la elección.
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