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Capítulos 37, 38 y 39

 

Capítulos 37, 38 y 39

Capítulo 37:

La graduación aún no había terminado cuando el sonido interrumpió la celebración.

No fue inmediato.
Primero fue confusión.
Luego gritos.
Después caos.

Sofía apenas tuvo tiempo de entender lo que ocurría. Personas corriendo. Padres buscando a sus hijos. El eco de algo que no debía estar ahí.

Hubo un tiroteo ese día en la escuela. Murieron 30 estudiantes y 3 profesores.

Más tarde se supo la verdad: el joven que irrumpió en la ceremonia era alguien que había estado obsesionado con Cristal. La culpaba a la escuela. Culpaba a Sofía. Culpaba al mundo entero por el encarcelamiento de la chica que, según él, “no merecía pagar sola”.

Pero la rabia nunca elige bien a sus víctimas.

Cuando todo terminó, el silencio fue peor que el ruido.

Sofía buscaba a Tomás entre ambulancias y sirenas.

Lo encontró tendido en el suelo, inmóvil.

No hubo palabras dramáticas.
No hubo despedidas cinematográficas.

Solo un amor que no estaba preparado para decir adiós.

Tomás murió ese día.

Y con él, una parte luminosa del mundo de Sofía.

Capítulo 38:

El duelo no llegó como una tormenta.

Llegó como un vacío.

Sofía despertaba esperando un mensaje suyo. Caminaba esperando verlo doblar la esquina. Miraba el atardecer esperando escuchar su voz decir: “Mi durazno valiente.”

Pero el silencio se volvió permanente.

Las noticias hablaban del atacante. De su obsesión. De su resentimiento. De cómo el odio puede distorsionar la mente hasta convertirlo en tragedia.

Sofía no sentía odio.

Sentía una tristeza tan profunda que parecía no tener fondo.

Una noche, sentada en las gradas vacías donde tantas veces se besaron, habló al aire:

—No pudimos vivir todo lo que soñamos… pero lo que vivimos fue real. Y fue hermoso. Y nadie puede quitármelo.

Las lágrimas ya no eran histéricas.

Eran silenciosas.

Más maduras.

Tomás ya no estaba físicamente.

Pero su amor seguía siendo el lugar al que ella regresaba cuando necesitaba fuerza.

Capítulo 39:

Pasaron meses.

La universidad comenzó sin él.

El asiento a su lado en las primeras clases parecía una herida abierta, pero Sofía decidió no dejar que el miedo definiera su futuro.

Un profesor habló sobre resiliencia un día, y Sofía escribió en su cuaderno:

«El amor no se mide por cuánto dura la presencia, sino por cuánto transforma la ausencia.»

Entendió que podía hacer dos cosas con el dolor:

Dejar que la apagara.
O convertirlo en luz.

Eligió lo segundo.

Comenzó a participar en campañas por la paz. Hablaba sobre salud mental, sobre la importancia de pedir ayuda, sobre cómo la obsesión y el resentimiento pueden crecer en silencio si nadie interviene.

No lo hacía desde la rabia.

Lo hacía desde el amor.

Una tarde, mirando el cielo teñido de naranja —ese color que siempre le recordaría a ellos— susurró:

—Te prometí que no apagaría mi luz por miedo. Y no lo haré. Viviré bonito. Por mí… y por ti.

El viento sopló suave.

Y por primera vez, el recuerdo de Tomás no fue solo dolor.

Fue gratitud.

Porque aunque su historia no tuvo el final que imaginaron, tuvo algo más importante:

Fue auténtica.
Fue intensa.
Fue amor verdadero.

Y el amor verdadero, incluso cuando se interrumpe, nunca desaparece.

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