Amor Durazno
Capítulos 25, 26 y 27
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**Capítulo 25: La biblioteca y el plan secreto**
La tarde caía sobre el campus como una promesa tibia. Sofía fingía tomar apuntes, pero llevaba diez minutos escribiendo el nombre de Tomás en los márgenes del cuaderno, rodeándolo de pequeños duraznos dibujados con tinta rosa.
Tomás, desde la otra fila, levantó una hoja con letras enormes:
**“Biblioteca. 10 minutos. Misión secreta.”**
Sofía alzó una ceja, divertida.
—¿Misión secreta? ¿Somos espías o adolescentes irresponsables?
—Ambas cosas —susurró él cuando cruzaron miradas—. Pero espías más atractivos.
La biblioteca estaba casi vacía. El aire olía a libros antiguos y a promesas que no se habían escrito todavía. Se escondieron en la sección de literatura romántica —porque el universo tiene sentido del humor— y él la tomó suavemente por la cintura.
—Sofi… —murmuró, con esa voz que siempre la desarmaba—. A veces siento que contigo no solo estoy viviendo una historia… siento que estoy descubriendo la versión más valiente de mí mismo.
Ella lo miró, respirando más lento.
—Y yo siento que, aunque tengamos cicatrices, cuando alguien nos mira con amor, esas cicatrices dejan de doler y empiezan a brillar… porque ser amados no significa estar perfectos, sino ser elegidos incluso cuando estamos rotos.
El silencio entre ellos no era incómodo; era eléctrico.
Fue Sofía quien lo besó primero.
Un beso suave, que en cuestión de segundos se volvió intenso, profundo, lleno de esa urgencia dulce de quien no quiere que el mundo interrumpa el momento.
Un ruido los hizo separarse.
—¿Eso fue un estornudo o una amenaza? —susurró ella.
—Si es una amenaza, moriré besándote —respondió él dramáticamente.
Sofía rodó los ojos.
—Eres tan exagerado.
—Pero soy tu exagerado.
Y volvieron a besarse, ahora con risa incluida.
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## **Capítulo 26: El cuarto de limpieza**
Cuando la bibliotecaria pasó cerca, ellos fingieron buscar un libro titulado *“Ética y responsabilidad juvenil”*. No funcionó.
—Creo que necesitamos un escondite mejor —dijo Tomás, tomándola de la mano.
Caminando rápido y conteniendo la risa, encontraron una puerta pequeña al final del pasillo. La abrieron.
Cuarto de limpieza.
Baldes. Escobas. Un olor sospechoso a limón.
—Romántico nivel cien —murmuró Sofía.
—Es íntimo —respondió él, cerrando la puerta.
La luz era tenue. El espacio, mínimo. Estaban tan cerca que podían sentir la respiración del otro mezclarse.
—Tomás… —susurró ella.
No hubo más palabras.
El beso comenzó lento, casi tímido, pero fue creciendo con esa intensidad que solo tienen los sentimientos verdaderos cuando dejan de tener miedo. Sus manos buscaban el contorno del otro como si estuvieran aprendiendo un idioma nuevo, uno hecho de latidos acelerados y promesas silenciosas.
El tiempo dejó de existir.
Entre besos y pequeñas risas nerviosas —porque una escoba cayó en medio del momento y casi los delata—, se quedaron ahí, olvidando el mundo.
Media hora después, Sofía apoyó la frente contra la de él.
—A veces pienso que amar es esto… —susurró—. Elegir quedarte, elegir sentir, elegir abrazar incluso cuando sabes que podrías salir herido… porque el amor no es para los que no tienen miedo, sino para los que sienten miedo y aun así se quedan.
Tomás la miró como si estuviera viendo algo sagrado.
—Si esto es estar enamorado, entonces quiero perderme aquí todos los días.
De pronto, alguien intentó abrir la puerta.
Ambos se quedaron congelados.
—Está ocupado —gritó Tomás.
—¿Quién limpia media hora? —respondió una voz al otro lado.
Sofía comenzó a reírse en silencio.
—Definitivamente somos malos criminales —susurró.
Cuando finalmente salieron, despeinados y con cara de inocencia dudosa, cruzaron el pasillo intentando parecer “normales”. No lo lograron.
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**Capítulo 27: El stand de los besos**
Dos días después, el colegio organizó una feria estudiantil.
Había puestos de comida, rifas y un escenario improvisado. Pero el que más llamó la atención fue uno decorado con duraznos dibujados y luces rosadas.
Un cartel decía:
**“STAND DE LOS BESOS – Besos gratis para quien crea en el amor.”**
Sofía miró a Tomás con los ojos abiertos.
—¿Qué hiciste?
—Invertí en felicidad —respondió él con orgullo.
—¿Estás loco?
—Totalmente. Pero por ti.
La dinámica era simple: las parejas podían pasar, tomarse una foto y dejar escrita una frase sobre el amor.
Cuando llegó el turno de ellos, el público comenzó a aplaudir.
Tomás tomó el micrófono.
—Este stand no es para demostrar cuánto nos besamos —dijo, haciendo que Sofía se sonrojara—. Es para recordar que el amor es un acto valiente… que no importa cuántas veces el mundo nos diga que no somos suficientes, siempre habrá alguien que nos mire y nos haga sentir que somos exactamente lo que estaba esperando.
Sofía lo miró con lágrimas contenidas.
—Y porque amarse también es eso —añadió ella—: mirarse al espejo y entender que, aunque tengamos cicatrices invisibles, seguimos siendo hermosos, seguimos siendo dignos, seguimos siendo luz… y cuando alguien nos ama desde ahí, no nos salva… nos acompaña.
Se miraron.
El beso fue intenso, pero dulce. Lento. Público y privado al mismo tiempo.
La multitud gritó y lanzó confeti improvisado con servilletas.
Cuando se separaron, Tomás susurró:
—Si el amor fuera un sabor, sería durazno.
—¿Por qué?
—Porque es suave, dulce… y deja ganas de más.
Sofía rió.
Y mientras el atardecer teñía el cielo de naranja, entendieron que su historia apenas comenzaba… y que cada beso, cada risa y cada escondite improbable era una página más de ese libro que estaban escribiendo juntos.
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