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Capitulos 22,23 y 24

 

Amor durazno. Capitulo 22,23 y 24


Capítulo 22: Plan de fuga (con cero neuronas disponibles

El problema de estar enamorados oficialmente es que el colegio se convierte en territorio hostil.

Demasiadas miradas.
Demasiados rumores.
Demasiadas interrupciones.

-Necesitamos un lugar neutral -susurró Tomás en medio del pasillo mientras yo intentaba fingir que entendía la clase de química.

-¿Neutral como Suiza?

-Neutral como la biblioteca.

Lo miré.

-La biblioteca no es romántica.

-Depende de cuánto te guste el olor a libros viejos.

Diez minutos después, estábamos caminando en puntillas entre estanterías como si fuéramos protagonistas de una película de espías con presupuesto limitado.

La bibliotecaria nos miró por encima de sus lentes.

-Silencio -advirtió.

-Siempre me han dicho que soy silenciosa -murmuré.

-Mentira -susurró Tomás-. Eres un terremoto emocional con cara tranquila.

Nos sentamos en el rincón más escondido, detrás de la sección de enciclopedias que nadie usa desde 2004.

El silencio se volvió... eléctrico.

No ese silencio incómodo.

Ese otro.

El que parece respirar.

-Sofi -dijo en voz baja.

-¿Sí?

-A veces siento que cuando te beso el mundo deja de hacer ruido, como si alguien bajara el volumen del caos y solo quedara tu respiración mezclándose con la mía, y eso me asusta un poco porque no sabía que alguien podía convertirse en mi lugar favorito sin cambiar de ciudad.

Mi cerebro dejó de funcionar.

-Eso fue ilegalmente romántico -susurré.

Se inclinó hacia mí.

El primer beso fue suave.

El segundo, no tanto.

El tercero ya tenía intención.

Y cuando me di cuenta, el silencio de la biblioteca era solo un telón de fondo para el desastre emocional que éramos.

-Tomás -murmuré entre risas- estamos en público.

-Técnicamente estamos en cultura general.

-Eso no ayuda.

Pero sí ayudaba que sus manos buscaran las mías con esa seguridad que ya conocía.

Hasta que...

-¡Sofía Martínez! -susurró una voz desde el pasillo.

Valeria.

Nos separamos tan rápido que casi me golpeo con una enciclopedia de geografía.

-Necesitan mejor escondite -dijo ella cruzándose de brazos-. Esto parece escena censurada.

-No estamos haciendo nada ilegal -respondí, roja como tomate académico.

-Ajá. Bueno, la señora Carmen viene hacia acá. Huyan.

Y huimos.

Porque somos valientes... pero no tanto.

Capítulo 23: El cuarto de limpieza y las decisiones cuestionables

Corrimos por el pasillo lateral del colegio como si nos persiguiera la Interpol.

-Esto es ridículo -dije entre risas.

-Es románticamente ridículo.

-Es peligrosamente ridículo.

Tomás abrió una puerta al azar.

Cuarto de limpieza.

Perfecto.

Entramos y cerró con cuidado.

Silencio.

Olor a detergente y misterio.

Nos miramos.

Y empezamos a reír.

-Nuestro gran escondite secreto huele a cloro -dije.

-El amor verdadero sobrevive incluso a eso.

Me apoyó contra la pared (de manera completamente decente, pero intensamente significativa).

-¿Te das cuenta de que llevamos meses intentando besarnos sin interrupciones? -susurró.

-Sí.

-Creo que el universo nos debe una escena sin balones, madres o bibliotecarias.

No pude evitar sonreír.

Y entonces me besó.

Esta vez sin prisa.

Sin casi.

Sin miedo.

Los besos fueron largos, profundos, llenos de esa mezcla entre ternura y electricidad que hace que el tiempo pierda sentido.

No era desesperación.

Era conexión.

Era ese tipo de beso que no busca impresionar sino quedarse.

Entre beso y beso, soltábamos pequeñas risas nerviosas.

-Si alguien abre esta puerta, me mudo de país -murmuré.

-Si alguien abre esta puerta, digo que estábamos analizando productos de limpieza.

-Claro. Muy convincente.

El tiempo pasó.

Mucho.

Demasiado.

En algún punto, apoyé la frente en su pecho.

-Tomás...

-¿Sí?

-Cuando me besas así, siento que no soy la chica invisible ni la que perdió el concurso ni la que duda frente al espejo... siento que soy la versión más honesta de mí misma, la que no necesita aplausos ni coronas porque ya se siente elegida.

Se quedó quieto unos segundos.

-Cuando te beso -respondió- siento que no estoy buscando nada afuera, porque todo lo que quiero está justo aquí, respirando conmigo en un cuarto que huele a desinfectante pero que, por alguna razón, se siente más mágico que cualquier escenario.

Lo besé otra vez.

Y otra.

Y otra.

Si alguien hubiera cronometrado, probablemente diría que fue media hora.

Pero para mí fue un parpadeo suspendido en el tiempo.

Hasta que...

-¿Hay alguien ahí? -se escuchó la voz del conserje.

Nos congelamos.

Tomás intentó abrir la puerta.

No abrió.

-¿La cerraste con seguro?

-No... creo que se atoró.

Perfecto.

Romance adolescente nivel: atrapados con escobas.

Capítulo 24: Rescate, risas y revelaciones

Golpearon la puerta.

-¡Salgan! -dijo el conserje.

Tomás me miró.

-Este es el momento donde fingimos que estábamos estudiando química.

-En un cuarto de limpieza.

-Es una metáfora.

La puerta finalmente se abrió desde afuera.

Nos encontraron rojos, despeinados y claramente no estudiando química.

-¿Qué hacían aquí? -preguntó el conserje.

Silencio.

-Investigación aromática -dijo Tomás.

Lo miré con traición.

El hombre suspiró.

-Salgan antes de que llame a la directora.

Corrimos otra vez por el pasillo, riéndonos como dos criminales incompetentes.

Cuando finalmente nos detuvimos detrás del gimnasio, intentábamos recuperar el aire.

-Somos un desastre -dije.

-Somos un desastre feliz.

Me tomó la mano.

Más tranquilo ahora.

-Sofi, no quiero que lo nuestro sea solo intensidad escondida en cuartos raros. Quiero que también sea paciencia, conversación, planes... quiero que cuando pensemos en estos años recordemos no solo lo apasionados que éramos, sino lo conscientes que fuimos.

Lo miré con el corazón suave.

-Entonces prometamos algo.

-¿Qué?

-Que nunca usaremos un cuarto de limpieza como plan principal.

Rió.

-Prometido.

Y luego, más serio:

-Y prometamos que siempre que nos besemos sea porque queremos, no porque estamos huyendo del mundo.

Asentí.

-Y que si el mundo nos encuentra... que nos encuentre riendo.

Nos besamos otra vez.

Más corto.
Más tranquilo.
Igual de verdadero.

Porque el amor no necesita escenarios perfectos.

A veces basta con una biblioteca, un cuarto equivocado y dos personas que, incluso en medio del caos, se eligen una y otra vez.

El durazno seguía siendo dulce.

Incluso con olor a cloro.

.

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