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Capitulos 10,11 y 12

 


Capitulo 10


Después del beso, mi cerebro entró en modo “flotando sobre nubes con banda sonora romántica”.


Duró exactamente tres días.


Porque el colegio decidió anunciar algo que nadie pidió pero todos iban a comentar:


—¡Regresa el concurso Señorita Primavera! —gritó la orientadora en el acto cívico, como si estuviera anunciando los Juegos Olímpicos.


Valeria me miró con una sonrisa sospechosa.


—Te vas a inscribir.


—No.


—Sí.


—No.


—Sofía Martínez, llevas años escondiéndote detrás de cuadernos y sudaderas ajenas. Es hora.


Tomás, que estaba detrás de nosotras, añadió:


—Te verías increíble ahí arriba.


Y así fue como, en un momento de debilidad romántica, dije la frase más peligrosa de mi vida:


—Está bien.


Silencio.


Luego aplausos exagerados de Valeria.


Y entonces apareció ella.


Cristal Montenegro.


Cabello perfecto. Uñas perfectas. Sonrisa de “sé que soy mejor que tú”.


—Qué lindo —dijo con voz de azúcar envenenada—. Sofía participando. Esto será… interesante.


Traducción: “Esto será divertido cuando pierdas.”


Cristal y yo no éramos exactamente enemigas declaradas.

Pero ella siempre había sido experta en recordarme mi lugar en la escala social invisible.


—¿Segura que quieres competir? —añadió, inclinando la cabeza—. No todas nacimos para brillar.


Sonreí.


—Es cierto. Algunas nacen para necesitar reflectores.


Valeria casi se atraganta de la risa.


Pero cuando llegué a casa, la seguridad se me cayó como maquillaje barato bajo la lluvia.


¿En qué estaba pensando?

¿Yo? ¿En un concurso de belleza?


Mi autoestima es un sistema operativo que todavía se actualiza con errores.


Esa noche, mientras practicaba caminar con un libro en la cabeza (spoiler: se cayó siete veces), pensé algo que me dio miedo:


¿Y si perder frente a todos confirma lo que siempre temí?


Que no soy suficiente.


Pero también pensé otra cosa.


Tal vez no se trata de ganar.

Tal vez se trata de no huir.


Y esta vez… no iba a huir.



Capítulo 11: 


El día del concurso llegó con más nervios que lógica.


El gimnasio del colegio estaba decorado con flores de papel y luces exageradamente brillantes.


Yo llevaba un vestido sencillo, azul claro. No era el más llamativo. Pero me gustaba. Me hacía sentir… yo.


Cristal apareció con un vestido rojo que probablemente tenía código postal propio.


—Sofi —dijo, observándome de arriba abajo—. Qué valiente.


Odio cuando dice “valiente”.


En el camerino, intenté concentrarme. Respirar. No vomitar.


Valeria me acomodó el cabello.


—Recuerda: no estás compitiendo contra ella. Estás compitiendo contra la versión de ti que cree que no merece estar aquí.


Tomás entró antes de que empezara todo.


—Vas a estar increíble —dijo, tomando mis manos.


—Si me caigo, finges que no me conoces.


—Si te caes, me lanzo también.


Eso ayudó. Un poco.


Primera ronda: pasarela.


Caminé. No me caí. Milagro documentado.


Segunda ronda: preguntas.


Me tocó:


—¿Qué significa la belleza para ti?


Respiré profundo.


—La belleza no es quien más brilla bajo luces artificiales, sino quien se atreve a encender la suya propia incluso cuando tiembla por dentro.


El público aplaudió.


Por un segundo… creí que tenía oportunidad.


Hasta que llegó el momento final.


Las finalistas fueron anunciadas.


Cristal, por supuesto.


Y otra chica.


Y otra.


Mi nombre no salió.


Sentí el golpe antes de que lo entendiera.


Pero lo peor no fue perder.


Fue lo que pasó después.


Mientras Cristal recibía la banda, tomó el micrófono.


—Quiero agradecer a todas las chicas que participaron —dijo con sonrisa impecable—. Especialmente a aquellas que demostraron que la actitud es importante… aunque el resto no acompañe.


Risas.


No muchas. Pero suficientes.


Sus ojos me buscaron.


Directo.


Humillación pública, edición escolar.


Sentí que el suelo desaparecía.


Valeria apretó mi mano. Tomás dio un paso hacia adelante, furioso.


Yo solo quería desaparecer.


Invisible otra vez.


Salí del gimnasio antes de que terminara la coronación.


Las luces, los aplausos, la música… todo se convirtió en ruido lejano.


Y por primera vez en mucho tiempo…


No me sentí valiente.


Me sentí pequeña.



Capítulo 12: Eres durazno.


Estaba sentada detrás del edificio del colegio, llorando con la dignidad hecha pedazos.


—¿Puedo sentarme? —preguntó Tomás.


No respondí. Pero tampoco lo eché.


Se sentó a mi lado.


—Lo que hizo fue cruel.


—No importa —mentí.


—Sí importa.


Me limpié las lágrimas con rabia.


—Tenía razón.


—¿Perdón?


—No soy como ella. No brillo así. No soy impresionante. Soy… normal.


Tomás me miró como si hubiera dicho la mayor tontería del planeta.


—Sofi, ¿tú sabes qué fue lo más impresionante esta noche?


Negué con la cabeza.


—Que subiste ahí sabiendo que te daba miedo. Que hablaste con el corazón. Que no fingiste ser alguien más.


Suspiré.


—Y aun así perdí.


—Perdiste un concurso. No perdiste tu valor.


Silencio.


El tipo de silencio que sana un poquito.


—Cristal puede ganar coronas —continuó—, pero tú ganas algo que ella ni entiende: respeto. Y no porque todos te aplaudan… sino porque te mantienes auténtica incluso cuando te intentan aplastar.


Lo miré.


—¿Y si nunca soy suficiente para destacar?


Él sonrió suavemente.


—El problema es que sigues creyendo que destacar significa ser como ella. Pero tú no eres un fuego artificial. Eres algo más fuerte.


—¿Qué cosa?


—Eres durazno.


Parpadeé.


—Eso es lo más extraño que me han dicho.


—Escúchame. Por fuera puedes parecer suave, sencilla. Pero por dentro tienes un hueso firme, imposible de romper. Y aunque te aplasten un poco… sigues siendo dulce.


Me reí entre lágrimas.


—Eso fue absurdamente específico.


—Y absurdamente cierto.


Apoyé mi cabeza en su hombro.


Tal vez perdí el concurso.


Tal vez me humillaron.


Tal vez mi enemiga se llevó la corona.


Pero esa noche entendí algo enorme:


La belleza que depende de aplausos es frágil.

La que nace de aceptarte incluso rota… es indestructible.


Cristal ganó una banda.


Yo gané algo mejor.


La certeza de que no necesito ser la reina del colegio para ser especial..


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Versión de Tomas:


Capítulo 10: 


Si alguien me hubiera preguntado qué sentí esa noche en el gimnasio, habría respondido algo simple.


“Rabia.”


Pero la verdad es que fue mucho más que eso.


Fue impotencia.

Fue orgullo.

Fue un amor tan grande que me dolía en el pecho.


Cuando anunciaron a las finalistas y el nombre de Sofía no salió, vi exactamente el segundo en que su corazón se encogió. No lloró. No hizo escándalo. Solo bajó ligeramente la mirada, como si estuviera tratando de que nadie notara que algo dentro de ella se acababa de romper.


Y cuando Cristal tomó el micrófono…


Juro que por un instante olvidé que estábamos en un colegio y no en un campo de batalla.


La frase fue sutil. Elegante. Envenenada.


Vi cómo las palabras se clavaban en Sofía. No eran gritos, no eran insultos directos… pero eran suficientes.


Quise subir al escenario.

Quise arrebatarle el micrófono.

Quise decirle a todo el gimnasio que la verdadera reina estaba sentada en la tercera fila con un vestido azul que no necesitaba código postal.


Pero no lo hice.


Porque sabía que, si intervenía, convertiría el momento en algo más grande. Y Sofía ya estaba luchando por no sentirse pequeña.


Cuando salió del gimnasio, la seguí.


Y mientras caminaba detrás de ella, pensé algo que nunca me atreví a decir en voz alta:


No entiendo cómo puede no verse como yo la veo.


Para mí, ella no era “la que perdió”.

Era la que se subió a un escenario aun cuando el miedo le gritaba que no lo hiciera.


Y eso… eso es belleza real.


Pero cuando me senté a su lado y la vi llorar, entendí algo que me partió.


Sofía no estaba triste por la corona.


Estaba triste porque una parte de ella creía que Cristal tenía razón.


Y yo… yo habría dado cualquier cosa por arrancarle esa idea de la cabeza.


Capítulo 11: Celos, silencios y una promesa que no hice en voz alta


Los días después del concurso fueron raros.


Sofía volvió a usar sudaderas grandes.

Volvió a esconderse un poco más en los pasillos.

Volvió a reír… pero no igual.


Y yo empecé a notar cosas que antes no me molestaban.


Como el hecho de que varios chicos comenzaron a mirarla más.


No porque hubiera ganado.

Sino porque la habían visto brillar.


Y eso me hizo sentir algo incómodo.


No celos infantiles.

Algo más profundo.


Miedo.


Miedo de que un día ella entendiera lo que vale… y se diera cuenta de que podría elegir a alguien mejor que yo.


Porque si soy honesto, siempre he pensado que Sofía es más de lo que cree.


Y yo… bueno.


Yo soy el tipo que hace chistes cuando está nervioso.

El que se lanza si ella se cae.

El que dice “durazno” cuando quiere decir “eres lo más importante que tengo”.


Una tarde la encontré sentada sola en las gradas.


—¿Estás bien? —pregunté.


—Sí —respondió demasiado rápido.


Me senté a su lado.


Quería decirle que desde el beso no había pasado un solo día sin que lo recordara.

Que cuando la vi caminar en la pasarela, sentí que el mundo entero se callaba.

Que cuando respondió esa pregunta sobre la belleza, supe que estaba enamorado de la persona más valiente del lugar.


Pero en vez de eso, dije:


—Me gustó tu vestido azul.


Ella sonrió un poco.


Y yo me odié por no ser capaz de decir todo lo demás.


Esa noche entendí algo.


No basta con estar al lado de alguien cuando llora.

También hay que estar cuando duda de sí misma.


Y yo iba a quedarme.


Aunque ella no supiera cuánto.


Capítulo 12:  El día que entendí que estaba irremediablemente enamorado


Siempre pensé que uno “sabe” cuando está enamorado.


Que hay música de fondo.

Que todo se vuelve claro.


Mentira.


En mi caso fue más silencioso.


Fue cuando la vi ayudar a una niña de primero a recoger unos papeles que se le habían caído.

Fue cuando la escuché decirle a Valeria que tal vez participar en el concurso había valido la pena, “aunque solo fuera para demostrarme que puedo intentarlo”.


Fue cuando dejó de hablar de Cristal.


Porque eso significaba que estaba empezando a sanar.


Ese día, mientras caminábamos después de clases, el viento le movía el cabello y ella hablaba de cualquier cosa —de tareas, de una serie, de duraznos otra vez— y yo solo pensaba:


¿Cómo alguien puede ser tan fuerte y no saberlo?


La miré y sentí algo estable. No fue un fuego artificial. No fue un vértigo.


Fue certeza.


Certeza de que quería estar cuando ganara.

Certeza de que quería estar cuando perdiera.

Certeza de que quería ser la persona que le recordara quién es cuando el mundo intentara convencerla de lo contrario.


—Sofi —dije.


Ella volteó.


Por un segundo estuve a punto de decirlo.


Estoy enamorado de ti.

Lo estoy desde antes del beso.

Lo estuve cuando dudabas.

Lo estoy ahora que intentas creer en ti.


Pero el miedo habló más fuerte.


¿Y si no siente lo mismo?

¿Y si arruino lo que tenemos?

¿Y si la presión la hace retroceder otra vez?


Así que solo sonreí y dije:


—Prométeme algo.


—¿Qué?


—Que la próxima vez que alguien intente apagar tu luz… me dejes encender la linterna contigo.


Ella rió.


—Eso fue muy cursi.


—Lo sé.


Pero dentro de mí hice una promesa que no necesitaba palabras:


No voy a dejar que vuelva a sentirse invisible.


Porque Sofía Martínez no es un fuego artificial.


Es algo mucho más raro.


Es esa clase de luz que no necesita escenario.


Y yo…


Yo tengo la suerte de estar lo suficientemente cerca para verla.


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